Castigo, Premios, Amenazas, Gritos… ¿Qué puedo hacer para mis hijos me obedezcan?

Sabemos que establecer límites a nuestros hijos es importante y necesario, ya que les enseña a protegerse ante el peligro, convivir en sociedad, honrar los valores familiares, entender sus derechos y responsabilidades, entre otros beneficios.

Pero estos límites hay que saberlos establecer de forma adecuada.  Si no sabemos hacerlo, podemos convertirnos en padres autoritarios o muy permisivos.  En ambos extremos, los hijos se ven afectados de forma negativa, en sus valores, sistema de creencias, comportamientos, logros personales, salud mental y emocional.

 

Por ello, el principal reto que tenemos como padres es: ¿Cómo establecer límites a nuestros hijos de forma adecuada? ¿Cómo hacer para que nos obedezcan sin caer en disgustos, discusiones y gritos? ¿Hasta qué punto debo exigir a mis hijos? y ¿Hasta dónde debo permitir que hagan lo que desean?

 

Muchas veces las respuestas que obtenemos de estas preguntas vienen del miedo:  Miedo a que el comportamiento que tienen ahora empeore con el tiempo, miedo a que se conviertan en delincuentes, miedo a que caiga en las drogas, miedo a que no estudien y no logren ser alguien en la vida, miedo a no nos quieran por no corresponder a sus caprichos, miedo... miedo... miedo...

Por esta razón, las estrategias más recurridas para manipularlos y lograr que hagan lo que nosotros creemos que es lo mejor para ellos, son: premiar, amenazar o castigar comportamientos, muchas veces utilizando medios como gritos, tirones de orejas, y otras acciones violentas, producto de la falta de control de nuestro miedo e ira, que justificamos con: "es por su bien" o "no me hace caso cuando se lo digo de buenas maneras".

Con estas estrategias, aunque el resultado inmediato sea el comportamiento deseado, en el fondo no estamos realmente educando a nuestros hijos dentro de los valores que queremos inculcarles, y en muchos casos, justo aprenden todo lo contrario a lo que queremos transmitir.

Un niño que es constantemente violentado, amenazado o castigado, aprende actuar también desde el miedo o desde la rabia, y a largo plazo, acumula muchos resentimientos.  Dependiendo de su temperamento y de forma inconsciente, puede tomar una de las siguientes decisiones de comportamiento: la sumisión o la agresividad.

Si elige la sumisión, se convierte en ese niño modelo, con buenas calificaciones en el colegio, muy callado y tranquilo, no molesta y hace todo lo que se le pide. Es decir, hace todo lo posible por agradar a sus padres, educadores, y a todo el que ejerza un poco de autoridad ante él.

En el fondo, este niño sumiso, se sentirá muy triste, inseguro, temeroso e incomprendido.  Habrá perdido la confianza en sí mismo y en el mundo "amenazante" que le rodea.  También perderá su pasión por la vida, tendrá su sentido de valor personal destruido, y le costará conectar emocionalmente con las personas.  Será una presa fácil para el Bullying.

Por el contrario, el niño violentado, puede elegir un comportamiento agresivo como respuesta, en un intento desesperado por no sentir su voluntad totalmente aplastada por la voluntad de sus padres.  Se convertirá en un niño rebelde, altanero, desafiante, con comportamientos indeseables, el dolor de cabeza para sus padres y sus educadores.

El niño agresivo, se sentirá enfadado con todos, víctima de injusticias, traicionado por sus propios padres.  Tendrá siempre un comportamiento competitivo y exasperante, sin empatía hacia los demás.  Intentará ganar y tener la razón ante cualquier situación.  Alimentará su sentido de valor personal de manera disfuncional como, por ejemplo, ejerciendo la violencia a través del bullying hacia una persona que identifique como más vulnerable.

Por otra parte, los padres que entienden las consecuencias de una educación violenta, utilizan la estrategia de los "Premios" para hacer que los niños obedezcan, por ejemplo: "Si te lo comes todo, te daré tu postre favorito", "Si haces tus deberes, te llevaré al parque esta tarde", "Si te portas bien, te llevaré al cine este fin de semana".  Esto funciona bien para lograr el comportamiento deseado de forma inmediata, pero no fomentan consciencia ni sentido de responsabilidad.

A largo plazo, al utilizar constantemente la estrategia de los premios, el niño podrá convertirse en caprichoso, inconforme, manipulador, egoísta, incapaz de asumir responsabilidades.  Se acostumbrará a actuar, solo si le espera una recompensa de gratificación instantánea.

Se frustrará y se paralizará con mayor facilidad, cuando las cosas no salgan como esperaba.  Pensará que los culpables de sus problemas siempre serán los demás, el entorno o la situación del momento.  Nunca entenderán que sus circunstancias actuales son producto de sus propias decisiones y acciones del pasado.  No querrá hacer nada cuyo esfuerzo requerido sea superior a la gratificación instantánea esperada.

En cualquier caso, los premios, las amenazas, los gritos y los castigos, solamente te permitirán obtener de tu hijo, el comportamiento deseado a corto plazo.  Pero a largo plazo, lo estarás educando para que alcance eso que tanto temías en un principio.  Por esto, educar desde el miedo y enfocado en el comportamiento, NO es la solución.  

El secreto de una verdadera educación, es hacerlo desde la serenidad y el amor, enfocándonos en un nivel mucho más profundo del SER. 

Debemos quitar el foco del comportamiento del niño, porque esto es apenas, una expresión superficial de lo que está ocurriendo en el interior de la mente y las emociones de nuestros niños.  Si te enfocas en nutrir sus necesidades más profundas y conectar con el SER, el comportamiento deseado se producirá sin mayor esfuerzo. 

Dedica más tiempo a conectar en profundidad con tus hijos, define con claridad cuáles son los valores fundamentales que deseas inculcar, y establece una rutina diaria que respete la armonía de estos los valores, los ritmos naturales y necesidades de cada miembro de la familia.

Cuando tengas claros los límites que deseas que sean respetados por tus hijos, ocúpate en trasmitirlos de una manera que ellos puedan asumirlos como propios, como parte de su sistema de creencias y valores, pero nunca como algo que deben hacer por miedo a un castigo o por el anhelo de un premio.

El foco de un niño nunca debe estar en el premio o el castigo. Su foco debe estar en tomar la decisión más adecuada, basándose en las consecuencias naturales que le traerá cada decisión. Deberá ser consciente del significado que tendrán estas consecuencias en su vida.  La vida se construye de pequeñas y grandes decisiones que tomamos en cada momento.

Enseña a tu hijo a madurar y confiar en su propio criterio para tomar decisiones, que reconozca el poder y la responsabilidad que tiene sobre su vida.  Tú eres el guía de tu hijo, no eres el dueño de su vida, y no estarás toda la vida a su lado para indicarle qué hacer en cada momento.

Por esto, no manipules a tu hijo con amenazas, castigos o premios. Por el contrario, enséñale a pensar y a decidir por sí mismo. Permite que experimente las consecuencias naturales de sus propias decisiones.  Mientras aprende a tomar decisiones acertadas, ayúdale a que sean tomadas dentro de un marco controlado, para que, ninguna de las decisiones que pueda tomar, ponga en peligro su vida ni su integridad personal.

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