La historia de Ana. Una mujer que soñaba con el éxito profesional y la armonía familiar

Ana, es una mujer considerada exitosa. Es muy inteligente, trabajadora, valiente y decidida. Le gusta su trabajo, liderando proyectos, en una empresa multinacional.

Tiene una hermosa familia que ama con locura. Quince años de matrimonio con Nacho, y dos hijos: David de once años y Laura de seis años.

Disfruta de una estabilidad económica, como para permitirse una vida cómoda, aunque sin muchos lujos, y con algunos sueños de viajes y escapadas, que aún quedan por cumplir.

Su familia, es su prioridad y su razón de vivir, es su motor, que la hace saltar de la cama todos los días para ir a trabajar, y estar pendiente de todos los detalles de la organización familiar. Tiene una vida que podría ser envidiada por cualquier mujer de su edad.

Pero si profundizamos solo un poco en la vida de Ana, encontraremos que no es tan perfecta como aparenta ser.  Veamos, cómo es un día en su rutina diaria…

Ana y su marido, se levantan temprano, a la misma hora.  Mientras Nacho se asea, ella prepara el desayuno, y despierta a los niños para que su padre los lleve a la escuela, que queda en la vía al trabajo.

David, no quiere levantarse, se duerme tarde por las noches, porque está obsesionado con un videojuego.  Ana, corre de un lado a otro, en busca de la bolsa de la merienda de su hija, hasta que la misma Laura le dice, que se ha quedado en el cole.  Entonces, Ana, improvisa una nueva bolsa, mientras insiste a David para que se levante:

“David, hijo… ¡Mira la hora que es! Vas a hacer que tu padre llegue tarde al trabajo”.

Nacho, llega a la cocina a tomar el desayuno, enfadado porque su hijo todavía no se ha quitado el pijama y camina somnoliento hacia el baño, mientras que él, ya está listo para salir.

Ana, ayuda a su hija a vestirse, mientras que le dice a David que se dé prisa.  Laura, llega a la cocina llorando, enfada porque mamá le ha obligado a ponerse el vestido azul y ella quiere el vestido rosa.  Ana, pierde la paciencia  y le grita:

“¡Ya te he dicho que ese es el vestido que vas a llevar hoy, y no hay discusión!. Deja de lloriquear, que ya estás mayor para eso. Todas las mañanas tienes que llorar por algo”.

David, aprovecha la oportunidad para burlarse de su hermana: “¡Mira qué llorona eres!”.  Laura enfadada, grita a su hermano “Déjame en paz”, haciendo un gesto de rabia. Sin querer, tira el vaso de leche que estaba bebiendo, manchando su vestido azul.

– “Lo ha hecho a posta mamá, para que le pongas el vestido rosa”, dice David.
– “Cállate bocón. No es cierto”, replica Laura.
– “¡Lo que me faltaba!. Hoy tengo una reunión importante a primera hora. ¡Cámbiate ese vestido ya!”, exclama su padre enfado.
– “Cómo la mandas a cambiarse sola, si ya sabes que se tardará una eternidad”, contesta Ana.

Ana, enfadada, le coloca rápidamente el vestido rosa a su hija, para evitar otra discusión, mientras le dice: “Hoy te has salido con la tuya. Ya tienes tu vestido rosa”.

Laura, sale contenta con su padre y su hermano, muy de prisa porque es muy tarde. Ana, organiza un poco la cocina, termina de vestirse y sale con mucha prisa, para encontrarse con un buen atasco.  Aunque aprovecha la oportunidad para maquillarse en el coche.

Una vez más, llega tarde a la oficina y muy agitada.  Se cruza con la mirada de disgusto de su jefe, y ella dice, sintiendo un poco de vergüenza, “Hola, buenos días”.  Su jefe le responde los buenos días entre dientes, y le pide un informe que necesita para hoy mismo.

Ella pasa toda la mañana tratando de sacar el máximo provecho a cada minuto, porque a las tres de la tarde tiene que salir a recoger a los niños al cole.  Sale de una reunión para otra, entre medias, avanza en el informe que le pidió su jefe.

Se le acercan dos chicos de su equipo, para hacer una pregunta. Insisten en que es importante, porque no pueden avanzar el proyecto. Ella detiene lo que está haciendo para escuchar con todos sus sentidos.

De pronto, contesta muy alterada: “¡Es la tercera vez que tengo que explicar lo mismo! ¿Cuándo será el día que prestaréis atención a lo que os digo?”.

Cuando cree que al fin puede concentrarse en el informe, recibe una llamada de su marido al móvil, preguntando por unos documentos que él pensaba que estaban en su maletín, ella le contesta muy irritada: “¡No puedo saber dónde dejas todo! ¡Por favor, ocúpate de tus cosas!”.

A las tres y diez de la tarde, con el dolor de la gastritis, por no haber tomado nada desde que salió de casa, está terminando de enviar unos correos electrónicos, entre ellos, el informe para su jefe.  Sale de la oficina muy de prisa, porque ya son casi las tres y veinte, y tiene que recoger a sus hijos.  Cuando llega al cole, prácticamente, son los últimos niños que están allí esperando.

Al llegar a casa, Ana comienza a recoger y a limpiar, porque tanto Nacho como los niños “son unos desordenados”.  Está cansada de decir una y otra vez que mantengan el orden en casa, pero al final, siempre tiene recogerlo todo, mientras piensa “¿Cuándo será el día que que aprendan a mantener el orden?”.

David enciende la televisión y aparece la imagen de unos dibujos que le gustan a Laura. De inmediato, cambia el canal, pero fue demasiado tarde.  Laura se balancea sobre él, gritando “Deja mis dibujos”. Forcejean por el mando, hasta que Laura cae sentada en el suelo y comienza a llorar, mientras que David se burla de ella.

Ana, aparece en el salón, furiosa. Los castiga y los envía a habitaciones diferente, mientras les dice: “¡Hoy no hay más tele, ni juegos! Durante toda la tarde, lo único que vais a hacer son vuestros deberes”. Ellos obedecen, protestando, llorando y culpándose el uno al otro.
Así transcurre la tarde, discutiendo, gritando e intentando que los niños hagan los deberes.  Cuando llega Nacho a casa, Ana le dice que ha tenido un día terrible así que le corresponde a él, preparar la cena. Nacho contesta enfadado, que también ha tenido un día muy pesado, aún así, entra a la cocina a ver qué resuelve rápido.  Mientras que Ana, lucha con los niños para que se duchen.

Más tarde, se encuentran todos en la mesa para cenar, frente a la televisión. Ana se da cuenta de que éste, es el único momento en que todos se han quedado tranquilos, pero solo porque están hipnotizados viendo la tele, sin nada que compartir en familia.

Nacho, lee un cuento a Laura antes de dormir. David, se despide para ir a la cama, pero en realidad lo que quiere es esconderse en su habitación, para continuar con el videojuego.

Ana, termina de limpiar el desorden que ha dejado Nacho en la cocina.  Mientras que, él se acomoda en el sofá a ver el noticiero, a la vez que mira su móvil, para desconectar y relajarse un rato.

Al terminar Ana, se sienta en el sofá junto a él, a mirar las redes sociales en el móvil.  Hacen comentarios breves de cualquier post, noticia o anécdota del día, hasta que se van a la cama a dormir porque están muy cansados, y al día siguiente tienen otro día complicado.

Ana intenta dormir, pero no puede hacerlo.  Se siente muy cansada, a la vez que muy frustrada por la vida gris que lleva. Ama a sus hijos, pero ya no soporta los conflictos entre ellos. Está cansada de tener que estar en todo, porque si no, la casa se viene abajo.

Está harta de que Nacho no tenga ninguna iniciativa en casa.  Si ella no se lo pide, no se le ocurre hacer nada de manera espontánea, y su hijo David, va por el mismo camino.  Cree que la magia en la pareja ya se extinguió definitivamente, “¿Desde hace cuánto tiempo no nos damos una escapada, los dos solos?”.

David, pasa el día molestando a su hermana y no se centra en lo que tiene que hacer. Laura, por otro lado, tiene ese carácter tan difícil.  Cree que ya es grande, y puede decidir qué hacer en todo momento. ¿Cómo es posible que con seis años, continúe haciendo esos berrinches por todo?

Al pensar en el trabajo, siente rabia, impotencia y frustración, porque su jefe, a lo único que presta atención, es a la hora que ella llega y se va. Pero no reconoce todo el esfuerzo que hace por cumplir con el trabajo, en menos horas que los demás.  Es más productiva que otros compañeros que trabajan jornada completa, pero desde que tiene la jornada reducida, no ha tenido ni más ascensos ni más subidas de sueldo. Su carrera brillante, se quedó eclipsada al ser madre.

Mientras intenta dormir Ana piensa: “¿Será que no puedo tener todo lo que quiero? No puedo ser una buena madre y buena profesional, a la vez.  Tendré que conformarme con una carrera estancada, con unos compañeros de trabajo que piensan de mí, que soy una amargada.  Es que, definitivamente, tengo que estar encima de ellos y enfadarme para que podamos entregar los proyecto a tiempo. Además de la presión de mi jefe, que me tiene en la mira.

¡Pero, si tampoco soy una buena madre! Intento serlo, pero paso todo el día discutiendo y gritando porque los niños no quieren hacerme caso.  Estoy agotada. No tengo ni un respiro para mí, para leer, hacer yoga, salir con mis amigas.

¿Hasta cuándo voy a seguir soportando todo esto? ¡Qué sola me siento luchando con todo y contra todo!  ¿Será hasta que mis hijos estén grandes y puedan valerse por sí mismo? Pero, ¿Cuándo será eso? ¿Será cuando se casen y se vayan de casa?…

¡Pero, qué estoy pensando! Si yo quise tener a mis hijos para disfrutarlos, no para desear que se fueran de casa. ¿Qué me está pasando?…

Con estas reflexiones y vencida por el cansancio, finalmente se duerme, hasta iniciar un nuevo día, igual al anterior.  Así transcurre el tiempo en la vida de Ana.

Un buen día, se permitió compartir un café con su amiga Sara. Aprovecha la ocasión, para contarle toda su frustración y sus temores, de acabar con una familia completamente disfuncional o rota, mientras que, su pasión profesional también se apaga.

Sara, la escucha atentamente, y al final dice: “Creo que tengo la solución para ti”.  Entonces, abre su bolso y saca un folleto con la publicidad de un taller para padres, llamado: “Cómo hablar para que los niños y adolescentes escuchen”.

Ana, se queda mirando la publicidad y dice:
“¿Serán ciertos todos estos beneficios? ¿Podré establecer límites sanos, sin gritos ni castigos? ¿Podré animar a los niños a colaborar? ¿Podré resolver los conflictos de manera pacífica? ¿Podré crear una atmósfera familiar de amor y respeto?  Parece muy bueno para ser cierto…”
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 Sara contesta:

“Pues, tengo entendido que es un método que funciona. Fíjate que ha sido probado por más de 40 años y ha dado la vuelta al mundo.  ¿Tu familia no será tan diferente a las demás, como para que no os funcione esto?  Probablemente, también sirva para mejorar tus problemas de comunicación con tu pareja y en tu trabajo.  Es evidente que en todos los problemas que me comentas, está fallando la comunicación. Pienso que, asistiendo a este taller de padres, podrías encontrar muchas soluciones. Aunque, si no quieres ir al taller, y prefieres un proceso de acompañamiento personalizado, puedes también solicitar sesiones individuales de facilitación del método “Paternidad Efectiva”.  Este método, va en la misma línea que el taller, de educación respetuosa, amorosa y con disciplina positiva.  Pero es un proceso más completo, personalizado y profundo. Otra cosa muy interesante, es que puedes tomar las sesiones individuales, on-line y en vivo, en una sala virtual, evitando pérdidas de tiempo en desplazamientos.  Es igual de efectivo, que asistir a las sesiones de forma presencial. Créeme, he probado el método “Paternidad Efectiva” y es maravilloso. Está revolucionando a miles de hogares en más de 100 países, porque te ayuda a tomar conciencia, para reparar las heridas emocionales, que son la verdadera causa de los comportamientos inadecuados, que podríais estar teniendo tanto tú como tus hijos. Este método, te dará también, muchas técnicas y estrategias, que podrás aplicar en casa, para cambiar la dinámica familiar, y de este modo, alcanzar la armonía que tanto deseas.  Fundamentado siempre, en la serenidad, las emociones y el respeto.”

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Ana, se quedó pensativa…

“¿Qué podría perder? No puedo seguir así, sintiéndome en un túnel sin salida, cada día más atrapada y perdida.  Esta información no ha llegado mi vida de forma casual, ha llegado en el momento que más lo necesito. Ésta, puede ser una pequeña luz al final del túnel.  Y… ¿si funciona? ¿si logro que mis hijos sean más colaboradores? ¿qué se resuelvan los conflictos de forma positiva? ¿si no tengo que repetir la cosas una y otra vez hasta explotar? ¿si estas herramientas me funcionan también en el trabajo? Definitivamente, no es nada casual que esta información haya llegado a mí en este momento”.

Ana, siguió el impulso de su intuición y se apuntó al taller. Compartió con otras madres y padres, y se llevó una agradable sorpresa, al ver que otras familias están pasando por la misma situación que la suya. Encontró respuestas a sus problemas, y se llevó muchas herramientas de comunicación que pudo poner en práctica de inmediato en casa y en el trabajo.

En muy poco tiempo, Ana notó, que se sentía más conectada con sus hijos y con su pareja.  Había alcanzado mucha complicidad y entendimiento en la familia.  En su trabajo, también se sentía más cercana a su equipo y a su jefe. Ahora, todos trabajan con motivación, y los proyectos salen delante con mayor fluidez.  Ana descubrió que al cambiar ella, su actitud y su forma de comunicarse con el mundo, el mundo le respondería de una forma diferente.

A partir de entonces, Ana supo que tenía que sanar y limpiar muchas heridas de su infancia, y así, sacar la mejor versión de sí misma para su familia. No puede ofrecer a sus hijos, lo que no tiene, lo que no ha sanado en su interior.  Por eso, también tomó las sesiones de facilitación del método “Paternidad Efectiva”, y ahora ha logrado esa transformación de vida que anhelaba, desde hace mucho tiempo.

De esta manera, se encontró en el hermoso camino del crecimiento personal, del cual nunca se apartará, porque la riqueza de la vida está en ser cada día mejor.

Ana, cada vez, se siente más cerca de su sueño.  Ya no se enfada como antes, siente que tiene más tiempo para sí misma y se encuentra con mayor energía y motivación.  Duerme profundo y tranquila. Se levanta cada día completamente descansada, motivada y con muy buen humor. Esto es, porque se acuesta cada noche, satisfecha y feliz, al lado de su marido, con el que ha recuperado la magia de antaño.

Sus hijos se tratan entre ellos, con más cariño y respeto, colaboran en casa, y saben de antemano, lo que corresponde hacer a cada uno.  Sus peleas y berrinches prácticamente han desaparecido.

La gastritis ha mejorado muchísimo, ya casi no la siente.  Ahora, lo que siente, es la felicidad de vivir en armonía y conectada con sus emociones y con las emociones de sus seres queridos, a la vez que renace la pasión por su trabajo.

Todo esto, gracias al nuevo conocimiento y uso, de herramientas muy poderosas que han transformado su vida y la de su familia.

Ahora dime… ¿Qué tanto resuena la vida de Ana, con la tuya? ¿Hasta cuando vas a esperar para comenzar a transformar los patrones que no te están funcionando?

Si vives en Madrid y quieres mejorar la comunicación con tus hijos, entonces, esto es para ti…
http://comohablar.hijosfelices.com/
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